Sería genial que ahora se me apareciera un ángel. No uno de ésos tradicionales, qué grima. No sabría qué decirle a un niño sonrosado medio en pelotas. Yo digo otra clase de ángel, peludo y viril y complaciente, que escuchara mis cosas con sonrisa reconfortante. Algo así.
Y en este punto me parece que entramos en el maravilloso mundo de la pornografía, así que mejor me callo.